Un lugar para caminar con San Pablo... para llevar a Cristo a cada persona en cada paso... un espacio para peregrinar a través de las Cartas de San Pablo, un lugar para reflexionar, compartir, y disfrutar de La Palabra a través de su gesta como el Apóstol de las Gentes. Una oportunidad más para conocer a Pablo de Tarso, misionar con él y llevar la Palabra de Jesús Resucitado.

sábado, julio 31

Espiritualidad del Apóstol según San Pablo : «El Evangelio es fuerza de Dios» (Rom. 1,16)

«El Evangelio es fuerza de Dios» (Rom. 1,16)

San Pablo no concibe la predicación como un conjunto de razonamientos que intentan convencer demostrando. En consecuencia desecha todo lo que sea acudir a las «palabras sabias» (1 Cor. 1,17), al «prestigio de la palabra o de la sabiduría» (1 Cor. 2,1), a «los persuasivos discursos de la sabiduría» (1 Cor. 2, 4).

Ya hemos indicado que la evangelización consiste esencialmente en la proclamación de un acontecimiento que Dios ha realizado de Cristo («fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra salvación»: Rom. 4, 25). Este anuncio -que va acompañado de la invitación a la conversión: He. 2, 38- puede ser aceptado o rechazado. La acogida se realiza mediante el acto de fe, gracias al cual el hombre obedece el Evangelio (Rom. 1,5; 6; 17; 16,26) y se somete a Cristo (2 Cor. 10,5), el cual a su vez despliega en el creyente todo su poder salvífico.

Ahora bien, este acto de fe no es aceptar algo evidente; por el contrario, conlleva rendir y someter el propio entendimiento a Cristo (2 Cor. 10,5). Creer es un milagro, una gracia, pues no se trata simplemente de aceptar unas verdades, sino de someterse a Cristo, de aceptarle como Señor de la propia vida. Y esto es imposible sin la acción interior del Espíritu: «nadie puede decir: «¡Jesús es Señor!» sino bajo la acción del Espíritu Santo» (1 Cor. 12,3).

Por eso San Pablo ha renunciado a apoyarse en la sabiduría y en el prestigio de la palabra humana y se ha apoyado decididamente en la acción poderosa del Espíritu que mueve y transforma los corazones por dentro (1 Cor. 2, 4-5). Igualmente, a los de Tesalónica les recuerda cómo «os he predicado nuestro Evangelio no sólo con palabras, sino también con poder y con el Espíritu Santo, con plena persuasión» (1 Tes. 1,5); y esta acción poderosa del Espíritu se manifestó en que abandonaron los ídolos y se convirtieron a Dios (1 Tes. 1,9-10), y ello en unas circunstancias difíciles y humanamente desfavorables (1 Tes. 1, 6), en medio de fuerte oposición (1 Tes. 2, 2).

La predicación es como un sacramento: a través de un signo externo -el anuncio del Evangelio- se comunica una gracia interior -la acción del Espíritu que mueve a creer y a convertirse-. En el libro de los Hechos leemos que mientras Pedro anunciaba a Cristo «el Espíritu Santo cayó sobre todos los que escuchaban la Palabra» (He. 10,44). Acoger la Palabra, creer y convertirse es una gracia (concedida normalmente, eso sí, con ocasión de la predicación del Evangelio). Entendemos ahora por qué San Pablo daba gracias a Dios porque al anunciar el Evangelio a los de Tesalónica la acogieron, no como palabra de hombre (ese era el envoltorio externo), sino como Palabra de Dios (esa era la verdadera realidad) (1 Tes. 2,13).

domingo, julio 25

Espiritualidad del Apóstol según San Pablo : «Habla Cristo en mí» (2 Cor. 13,3)

«Habla Cristo en mí» (2 Cor. 13,3)

Como heraldo de Cristo, Pablo tiene perfecta conciencia de estar transmitiendo Palabra de Dios, no su propia palabra, fruto de su personal elucubración. Espontáneamente dirá: «os decimos esto como Palabra del Señor» (1 Tes. 4,15). Es y quiere ser fiel a toda costa, transmitiendo todo y sólo aquello que ha recibido (1 Cor. 11,23; 15,3: las palabras «recibir-transmitir» son términos técnicos usados entre los rabinos para expresar la absoluta fidelidad).

En 1 Tes. 2,13 da gracias a Dios porque los tesalonicenses recibieron su predicación «no como palabra de hombre, sino cual es en verdad, como Palabra de Dios». Ciertamente se trataba de un mensaje salido de sus labios, anunciado por un hombre; pero él sabe muy bien que no es su mensaje particular, sino la Palabra de Dios mismo. Porque, como en el caso de los antiguos profetas, Dios mismo ha puesto sus palabras en la boca de su enviado (Jer. 1,9). Y Pablo podría repetir con toda verdad lo que Jesús mismo había dicho: «Mi palabra no es mía, sino del Padre que me ha enviado» (Jn. 7,16; 8,28).

Precisamente por eso, reacciona con tanta energía cuando alguien deforma o trastoca el único Evangelio que salva. Porque lo que él predica no tiene su origen en los hombres, sino en Jesucristo mismo (Gal. 1,11), afirma con violencia: «aun cuando nosotros mismos o un ángel del cielo os anunciara un evangelio distinto del que os hemos anunciado, ¡sea anatema!» (Gal. 1,8).

Pues hay más. No sólo transmite Pablo las palabras de Cristo, sino que afirma que es Cristo mismo quien habla en él (2 Cor. 13,3). Quien afirma: «vivo, no yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gal.2,20), dice también «habla Cristo en mí». Hay tal identificación entre Cristo y su enviado, que ya no son dos, sino una sola cosa. El evangelizador es como un sacramento de Cristo. En él y a través de él es Dios mismo quien exhorta (2 Cor. 5,20).

Quizá por esta identificación de Pablo con Cristo es por lo que insiste tantas veces a lo largo de sus cartas: «imitadme» (1 Cor. 4,16; Fil. 3,17; 2 Tes. 3, 7). Lo que podría parecer presunción suya, tiene en realidad un significado muy profundo: «Sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo» (1 Cor. 11,1). De este modo, el Evangelio que Pablo predica no es sólo palabras, sino Palabra hecha carne y vida; el anunciar ese Evangelio hecho realidad; de este modo, él mismo se había convertido en Evangelio, en Palabra; dejando vivir a Cristo en sí mismo (Gal. 2,20), podía presentarse a sí mismo como modelo y ejemplo de una existencia auténticamente cristiana y evangélica.

Este es..

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