Un lugar para caminar con San Pablo... para llevar a Cristo a cada persona en cada paso... un espacio para peregrinar a través de las Cartas de San Pablo, un lugar para reflexionar, compartir, y disfrutar de La Palabra a través de su gesta como el Apóstol de las Gentes. Una oportunidad más para conocer a Pablo de Tarso, misionar con él y llevar la Palabra de Jesús Resucitado.
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lunes, diciembre 20

Espiritualidad del Apóstol según San Pablo : «Lo que no se ve es eterno» (2 Cor. 4,18)

Conclusión

«Lo que no se ve es eterno» (2 Cor. 4,18)

Contemplando la acción apostólica de Pablo hemos asistido a sus luchas y dificultades, a sus triunfos y tropiezos. A cada paso el avance del Evangelio encuentra nuevas trabas. Parece que nunca hubiera nada definitivamente consolidado. Cuando todo parece marchar con éxito surge la persecución por parte de los enemigos del Evangelio, o salta un error doctrinal que vacía el mensaje en su misma esencia, o aparecen debilidades morales en una comunidad que están a punto de dar al traste con todo... De vez en cuando le sorprendemos expresiones como esta: «me hacéis temer no haya sido en vano todo mi afán por vosotros» (Gal. 4, 11).

Sin embargo, San Pablo no se desanima. A él no le extrañan estas dificultades; más bien cuenta con ellas. No le extraña la debilidad humana, pues nadie como él conoce la fuerza del pecado en el hombre (Rom. 3, 10-18; 7,14-24). Tampoco le sorprende la persecución, hasta el punto de que llega a advertirles de antemano a los cristianos de Tesalónica acerca de ella (1 Tes. 3, 3-4).

Pero lo que sobre todo le mantiene inasequible al desaliento es la esperanza, pues como él mismo proclama con vigor, «la esperanza no defrauda» (Rom. 5, 5). Ahora bien, una característica esencial de la esperanza es la tenacidad y el aguante ante las dificultades (1 Tes. 1, 3). El que está cierto de alcanzar lo que espera soporta con paciencia las adversidades del camino. Y Pablo sabe muy bien en quién ha puesto su confianza (2 Tim. 1, 12)...

A este respecto es significativo el hecho de que la oración de Pablo por sus cristianos insiste en suplicar la gracia de que estén preparados el día de la venida última de Cristo: «para que seáis irreprensibles en el Día de Nuestro Señor Jesucristo» (1 Cor. 1, 8); «lo que pido en mi oración es que vuestro amor siga creciendo cada vez más... para ser puros y sin tacha para el Día de Cristo» (Fil. 1,9-11); «que todo vuestro ser, el espíritu, el alma y el cuerpo, se conserve sin mancha hasta la Venida de nuestro Señor Jesucristo» (1 Tes. 5, 23)...

San Pablo no se deja engañar por las apariencias. Apoyado en la fidelidad de Dios espera alcanzar la fidelidad y perseverancia final de los que le han sido confiados. Espera que cada uno-como afirma de sí mismo- pueda alcanzar la meta final y sea coronado (2 Tim. 4, 7-8; cf. Fil.3, 12-14). Todo lo demás es relativo. Por eso no le asustan ni le desconciertan los vaivenes y vicisitudes de la historia de los hombres. Si todo ello tiene importancia es en cuanto puede condicionar la salvación eterna de cada uno...

En toda su actividad apostólica vive anclado en la fe y en la esperanza que le hacen percibir y buscar lo real y lo definitivo. No se deja engañar por apariencias, ni por logros parciales, ni por fracasos momentáneos... «No ponemos nuestros ojos en lo que se ve, sino en lo que no se ve; pues lo que se ve es pasajero, mas lo que no se ve es eterno» (2Cor. 4, 18).

domingo, diciembre 12

Espiritualidad del Apóstol según San Pablo : «Todo para edificación» (1 Cor. 14,26)

«Todo para edificación» (1 Cor. 14,26)

Llama la atención que San Pablo contempla a sus cristianos como colaboradores activos y no como meros receptores pasivos. Ya hemos tenido ocasión de comprobar cómo les pide la ayuda de su oración y les insiste en que sean luz a su alrededor...

En Corinto se alojó en casa de Aquila y Priscila (He. 18,2-3) y luego los llevó consigo a Efeso, dejándolos allí mientras él se dirigía a Jerusalén; ellos instruyeron a Apolo (He. 18,25-26), y debió ser grande la alegría de Pablo al encontrar a su vuelta que la dinámica pareja había establecido ya los fundamentos de la Iglesia en Efeso; en 1 Cor. 16,19 los encontramos enviando saludos desde Efeso, donde tienen una comunidad que se reúne en su casa. Pablo les agradecerá que «expusieron sus cabezas» para salvarle (Rom. 16,3-5).

En Rom. 16 aparece una larga lista de colaboradores, hombres y mujeres, con quienes -y no sólo para quienes- Pablo trabaja; varias veces en esos versículos aparece el término «colaborador», así como la expresión «fatigarse», que en el lenguaje paulino es sinónimo de cooperar activamente en la propagación de la Iglesia. Igualmente se alude a diversos colaboradores en otros textos: 1 Cor. 16,15-17; Fil. 2,25; 4,2-3...

Detrás de esta conducta esta la convicción de Pablo de que en la Iglesia todos los miembros son necesarios (1 Cor. 12, 14-30) y de que cada uno ha de poner los dones o carismas recibidos al servicio de los demás para edificación y crecimiento de la Iglesia (1 Cor. 12, 4-7; Rom. 12, 4-8; Ef. 4,7-13). Era muy consciente de que cada cristiano ha recibido su don propio y de que sin la colaboración de todos no puede realizarse la construcción del Cuerpo de Cristo. Confiaba en el Espíritu Santo y en sus dones, consciente, a la vez, de que todos los dones no pueden encontrarse reunidos en una sola persona.

Además de procurar que cada comunidad pudiera seguir funcionando por sí misma -llegando a ser él mismo innecesario-, contaba con que cada comunidad colaborase en la irradiación del Evangelio a su alrededor; así lo había experimentado -como hemos visto- en el caso de Tesalónica (1 Tes. 1,7-8) y esperaba que debía continuar sucediendo; escribe, por ejemplo, a los de Corinto: «esperamos, mediante el progreso de vuestra fe, engrandecernos cada vez más en vosotros conforme a nuestra norma, extendiendo el Evangelio más allá de vosotros...» (2 Cor. 10,15-16).

martes, diciembre 7

Espiritualidad del Apóstol según San Pablo : «Colaboradores míos en Cristo Jesús» (Rom. 16,3)

13

«Colaboradores míos en Cristo Jesús» (Rom. 16,3)

Colaborador de Dios (1 Cor. 3,9), Pablo busca a su vez colaboradores en la tarea evangelizadora. Escribiendo a los filipenses, da gracias a Dios «a causa de la colaboración que habéis prestado al Evangelio, desde el primer día hasta hoy» (Fil. 1,5); efectivamente, ellos le han apoyado sufriendo con él y como él por el Evangelio (Fil.1,29-30) y ayudándole en repetidas ocasiones con socorros materiales (Fil. 4,10-16).

Ciertamente hemos de borrar como falsa la imagen de un Pablo actuando individualmente y como francotirador. Ante todo, procura mantener y estrechar la comunicación con los demás apóstoles (Gal. 1,18; 2,1-10). Pero además vemos que funciona en equipo: normalmente iba acompañado por dos o tres colaboradores, tanto en sus viajes como en la predicación.

Vemos de hecho que el primer viaje (He. 13-14) lo emprende acompañado por Bernabé y Marcos. Lucas presenta en todo momento su obra como esfuerzo de grupo (He. 14,6-7). Cuando escribe las cartas 1ª y 2ª a los Tesalonicenses y la 2ª a los Corintios aparece unido a Silvano y Timoteo y las cartas son encabezadas por el equipo (1 Tes. 1,1; 2 Tes. 1,1; 2 Cor. 1,1) y la 1ª a los Corintios la escribe unido a Sóstenes (1 Cor 1,1). Continuamente se alude a la tarea evangelizadora como trabajo común: habla de «nuestro evangelio» (1 Tes. 1,5), de que «os predicamos el evangelio» (1 Tes. 2,2), de que «os hemos predicado» (2 Cor. 1,19).

Podemos asegurar que Pablo no fue nunca a misionar solo. Escogía colaboradores que servían como él a la causa del Evangelio. Además de los ya mencionados -Bernabé, Juan-Marcos, Silas o Silvano, Timoteo, Sóstenes-, encontramos otros nombres a lo largo de las cartas y del libro de los Hechos: Tito (Gal. 2,1; 2 Cor. 7,13; 8,16.23; 12,18), Lucas (Col. 4,14; Flm. 24; 2 Tim. 4,11), Aristarco (Col. 4,10; Flm. 24), Tíquico (Ef. 6,21; Col. 4,7), Apolo (He. 18,24-28; 1 Cor.16,12), Epafrodito (Fil. 2,25;4,18), Demas (Col.4,14; Flm. 24; 2 Tim. 4,10), Trófimo, Erasto, Sópatro, Epafras, Jesús el Justo, Artemas, Crescencio, Clemente...

Al obrar así Pablo imita el estilo del Maestro, que envió a los discípulos «de dos en dos» (Mc. 6,7). De este modo el grupo de apóstoles es un signo de la Iglesia, a la cual se invita a incorporarse (cf. He. 17,4: «se unieron a Pablo y Silas»). Más aún, ellos mismos pueden vivir una cierta vida comunitaria, a la vez que las cualidades de cada uno se complementan con las de los demás. Finalmente, el equipo apostólico sirve de escuela práctica de evangelización: (parece que el mismo Pablo se haya entrenado de la mano de Bernabé: cf. He. 9,27-28; 11,25-26).

Ante la vasta e ingente obra pendiente de realizar, Pablo siente la necesidad de implicar y enrolar a muchos en la tarea evangelizadora. Consciente de que «la mies es mucha y los obreros son pocos» (Lc. 10,2), procura suscitar colaboradores del Evangelio. Y cuando ve que se acerca el final de su vida, insiste en que otros después de él continúen difundiendo el Evangelio por el mundo: «cuanto me has oído en presencia de muchos testigos confíalo a hombres fieles, que sean capaces a su vez de instruir a otros» (2 Tim. 2,2).

miércoles, diciembre 1

Espiritualidad del Apóstol según San Pablo : «No crear obstáculos al Evangelio» (1 Cor. 9,12)

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«No crear obstáculos al Evangelio» (1 Cor. 9,12)

Con ocasión del problema de los idolotitos (1 Cor. 8), Pablo aconseja a los corintios que la caridad hacia los hermanos «débiles» debe sobreponerse a la libertad particular de cada uno, y les propone que deben estar dispuestos a renunciar incluso a los propios derechos cuando está en juego el bien de un hermano.

Para ello no duda en ponerse a sí mismo como modelo (1 Cor. 9), con lo que esta circunstancia de la comunidad de Corinto nos ofrece la oportunidad de conocer un rasgo precioso del alma de Pablo: consagrado por entero al anuncio y difusión del Evangelio, todo lo subordina a este fin supremo; de este modo, renuncia al uso de sus propios derechos «para no crear obstáculo alguno al Evangelio de Cristo» (1 Cor. 9,12).

Particularmente, Pablo ha renunciado al derecho a «vivir del Evangelio». Desde luego, él conoce las palabras de Jesús acerca de que «el obrero merece su sustento» (Mt. 10,10; cf. 1 Cor. 9,14); sabe que el que se dedica al anuncio del Evangelio debe poder quedar libre de otras ocupaciones y preocupaciones y tiene derecho a recibir el alimento de cada día de aquellos a quienes sirve...

Sin embargo, una constante de su estilo apostólico ha sido el renunciar a este derecho (1 Cor. 9,15). Ha preferido trabajar «día y noche, con fatiga y cansancio, para no ser una carga para ninguno» (2 Tes. 3,8); además del peso de las fatigas apostólicas ha cargado sobre sus hombros la fatiga de ganarse el pan de cada día para sí y para sus compañeros (He. 20,34); trabajando como tejedor de tiendas (He. 18,3), ha preferido «no ser gravoso a nadie» (1 Tes. 2,9).

De este modo ha testimoniado nítidamente su más absoluto desprendimiento (He. 20,33). En un mundo en que no era infrecuente la aparición de predicadores de religiones extranjeras en busca de ganancias materiales (cf. 2 Cor. 2,17), Pablo quiere dejar muy clara la gratuidad del Evangelio. Puesto que la salvación otorgada por Dios en Jesucristo es gratuita (Rom. 3,24), Pablo quiere manifestar esta gratuidad en todo el estilo de su obrar apostólico.

A los corintios les recalcará que esta norma de su actuación la seguirá manteniendo como timbre de gloria (2 Cor. 11,9-11). Y eso no porque no los ame, sino todo lo contrario: porque está convencido de que el peso debe llevarlo el padre y no los hijos y porque no le interesan sus cosas sino ellos mismos, Pablo se muestra dispuesto a gastar lo que haga falta y a desgastarse él mismo en favor de sus amados corintios (2 Cor. 12,14-15).

Y cuando agradezca a los filipenses las ayudas que le han enviado, Pablo se alegrará más por la caridad y la vida cristiana que ello testimonia en sus cristiano que por la ayuda en sí: «no es que yo busque el don, sino que busco que aumenten los intereses en vuestra cuenta» (Fil. 4,17). Y la misma insistencia encontraremos cuando motive a los corintios a socorrer a los hermanos necesitados de Jerusalén (2 Cor. 8,10ss; 9,6ss).

Además con este total desprendimiento, Pablo sirve de modelo de trabajo (2 Tes. 3,9) y de generosidad (He. 20,35) a sus cristianos.

Más aún, con ocasión de la mencionada colecta a favor de los cristianos pobres de Jerusalén, que debió alcanzar una suma considerable, Pablo tiene mucho cuidado en mostrar absoluta transparencia y desinterés; pide que cada comunidad envíe un delegado encargado no sólo de transportar los bienes, sino de supervisar y testimoniar la total limpieza, «pues procuramos el bien no sólo ante el Señor sino también ante los hombres» (2 Cor. 8,20-21). Todo «para no crear obstáculo alguno al Evangelio».

Esta sinceridad de motivos y este desprendimiento no aparece sólo en referencia a los bienes materiales. Pablo subraya en diversos pasajes su total rectitud de intención y su limpieza de miras: no actúa ni por error, ni por astucia, ni por motivos turbios, inconfesables o impuros, ni por adulación para conseguir el aplauso de los hombres, ni por ambición, ni por deseo de alcanzar honores (1 Tes. 2,3-6; 2 Cor. 4,2)...

Sabiendo que su juez es el Señor (1 Cor. 4,4) y que debe ser puesto al descubierto ante el tribunal de Cristo (2 Cor. 5,10), Pablo predica para «agradar no a los hombres, sino a Dios» (1 Tes. 2, 5), pues «si tratara de agradar a los hombres no sería siervo de Cristo» (Gal. 1, 10). Actúa en todo momento «delante de Dios» (2 Cor. 2, 17), estando ante Él al descubierto (2 Cor. 5,11), afanándose por agradarle (2 Cor 5,9). Esta rectitud es la que le recomienda también ante los hombres (2 Cor. 4,2). Y cuando algunos, a pesar de todo, se obstinen en no aceptarle, Pablo apelará a los hechos: «nuestra carta de recomendación sois vosotros» (2 Cor. 3,1-2).

Porque no quiere crear obstáculo alguno al Evangelio, Pablo contrasta su predicación con los Apóstoles de Jerusalén, para evitar correr en vano (Gal. 2,2). Se alegra de que Cristo sea anunciado, y eso aun en el caso de que algunos lleguen a hacerlo por rivalidad (Fil. 1,15-18).

Para no crear obstáculo alguno al Evangelio, Pablo se muestra desprendido incluso de su vida. En un pasaje memorable, mientras está en la cárcel y con posibilidad de ser ejecutado, muestra su deseo de «partir y estar con Cristo, lo cual, ciertamente, es con mucho lo mejor»; sin embargo, ante la posibilidad de trabajo fecundo a favor del Evangelio prefiere permanecer en este mundo, pues es más necesario para los suyos (Fil. 1,20-26)

lunes, octubre 18

Espiritualidad del Apóstol según San Pablo : «Dolores de parto» (Gal 4,19)

«Dolores de parto» (Gal 4,19)

San Pablo ha entendido y ha vivido todos estos padecimientos no sólo como algo que debía soportar coherentemente por fidelidad a su misión, sino como algo valioso y fecundo en sí mismo.

Escribiendo a los gálatas -en plena crisis judaizante- tiene esta exclamación que le sale de lo más hondo del corazón: «¡hijos míos!, por quienes sufro de nuevo dolores de parto hasta ver a Cristo formado en vosotros» (Gal. 4, 19). Una ráfaga de luz en su interior le ha hecho comprender que las luchas y sufrimientos por el Evangelio y por sus discípulos eran fecundos; dolores, sí, pero dolores de parto. Lo mismo que la mujer sufre hasta dar a luz, pero luego se goza por haberle dado un hijo al mundo (Jn. 16,21), así el apóstol sufre lo indecible, pero el resultado final es impagable: «ver a Cristo formado en vosotros».

Este es el secreto del misterio de la cruz en la vida del apóstol, un misterio de vida y fecundidad en medio del dolor y del aparente fracaso. Por eso escribirá a los de Corinto: «Llevamos siempre en nuestros cuerpos por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo» (2 Cor.4,10).

miércoles, agosto 25

Espiritualidad del Apóstol según San Pablo : «Visiones y revelaciones» (2 Cor. 12,1)

«Visiones y revelaciones» (2 Cor. 12,1)

La imagen de San Pablo viajero incansable y lleno de una actividad inagotable no dice ni mucho menos toda la verdad acerca de él. Porque él era en el fondo un contemplativo. Era un hombre de profunda oración, y esta constituía el manantial de donde extraía sus energías para la lucha cotidiana.

Es verdad que no hay muchos textos en este sentido, pero sí son suficientemente expresivos. En 2 Cor. 12,1-6, en contexto de polémica contra los falsos apóstoles y hablando de sí mismo en tercera persona, afirma que podría presumir de «visiones y revelaciones del Señor», de «haber sido arrebatado hasta el tercer cielo», de haber oído «palabras inefables que el hombre no puede pronunciar»... Decide no presentar esas credenciales, pues prefiere gloriarse de su debilidad, pero ahí queda como testimonio de la altura de su oración.

De hecho, también en los Hechos de los Apóstoles se nos dice que Pablo «estando en oración en el templo» de Jerusalén cayo en éxtasis (22,17), y se nos habla de visiones en que el Señor le conforta (18,9-10) y que son decisivas para la orientación posterior de su apostolado (16,9-10).

Quizá a la contemplación del Señor se aluda en 2 Cor. 3,18, que parece ser una réplica de Ex. 34,29-35: de la misma manera que Moisés volvía de la presencia del Señor con el rostro resplandeciente -aunque él mismo no se daba cuenta- , Pablo tiene conciencia de reflejar como un espejo la gloria del Señor. La intimidad y la contemplación del Señor le hacen testigo, le hacen luminoso, aun sin él mismo percatarse de ello...

viernes, agosto 20

«Siempre en oración y súplica» (Ef. 6,18) De; Espiritualidad del Apóstol según San Pablo

«Siempre en oración y súplica» (Ef. 6,18)

Hemos visto en el capítulo anterior que cada conversión es un milagro de la gracia. San Pablo lo sabía muy bien. Por propia experiencia. ¿Acaso no había sido precisa «una luz venida del cielo» (He. 9,3) para hacerle salir de su ceguera y de su oscuridad?.

Por eso él acudirá continuamente a la oración. Ante el Padre dobla sus rodillas (Ef. 3,14) sin cesar para mendigar la gracia que abra los corazones a la predicación de Evangelio. Toda su inmensa -y admirable- actividad está fecundada desde dentro por la oración. Él sabía que era un medio indispensable para dar cumplimiento a su labor misionera. Estaba convencido de que sólo Dios mismo podía realizar sus inmensos designios de salvación. Y por eso su oración es esencialmente apostólica.

Impresiona la cantidad de textos sobre la oración que aparecen en las cartas de Pablo (en la mayor parte de los casos oraciones en que él mismo se dirige directamente a Dios). Son testimonio de la importancia capital de la oración en la tarea apostólica. ¿No era en el fondo su propia conversión fruto de la oración de Esteban pidiendo el perdón para sus enemigos (He. 7, 60- 8,1)?

E impresiona igualmente que muchas veces en los textos sobre la oración -tanto cuando exhorta a sus cristianos a orar como cuando les asegura que ora por ellos- aparecen los adverbios «siempre», «incesantemente», «noche y día»... Se trata de una oración insistente, literalmente continua. Nos refleja a un hombre en comunión permanentemente con su Señor.

martes, junio 15

La esperanza no quedará defraudada


Las perlas de san Pablo

Vitaminas Paulinas n. 48

La esperanza no quedará defraudada

Justificados por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo. Por él hemos alcanzado, mediante la fe, la gracia en la que estamos afianzados, y por él nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. Más aún, nos gloriamos hasta de las mismas tribulaciones, porque sabemos que la tribulación produce la constancia; la constancia, la virtud probada; la virtud probada, la esperanza. Y la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado. En efecto, cuando todavía éramos débiles, Cristo, en el tiempo señalado, murió por los pecadores(Romanos 5, 1-6).

Reflexión.-“La esperanza no defrauda”: alcanza sin más lo que atiende de la “promesa” de Dios, porque nace, es alimentada, es sugerida por “el amor de Dios derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (p. S. Cipriani).

Consigna.-Recuerda que la esperanza es la otra cara de la paciencia.

Con los saludos y las oraciones del P. Benito

Divúlgalo entre tus amistades

miércoles, mayo 19

Somos Embajadores de Cristo

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«Embajadores de Cristo» (2 Cor. 5,20)

Llamado por Dios y constituido colaborador suyo, San Pablo expresa la conciencia que tiene de su misión considerándose «embajador de Cristo». Entonces como hoy, el embajador es alguien que ha recibido la delegación plena de poderes por parte de aquel que le envía, hasta el punto de actuar en su nombre. Consciente de ser embajador personal de Jesucristo, Pablo sabe «que Dios exhorta a través nuestro» y puede exclamar con toda energía: «En nombre de Cristo, os suplicamos: ¡reconciliaos con Dios!» (2 Cor. 5,20). Y es tal su conciencia de actuar siempre y en toda circunstancia en nombre de Cristo que incluso estando prisionero se sigue considerando a sí mismo embajador suyo, aunque sea «entre cadenas» (Ef. 6,20).

La misma realidad expresa el término «apóstol», que es el que usa con más frecuencia, hasta el punto de que sólo está ausente en tres cartas (2 Tesalonicenses, Filipenses y Filemón); en todas las demás, ya desde el saludo Pablo se presenta a sí mismo como «apóstol de Jesucristo».

Apóstol significa no sólo «enviado», sino enviado oficialmente y con plenos poderes. En cierto modo, el enviado se identificaba con aquel que le enviaba, hasta el punto de que debía ser tratado con el mismo respeto que este y las atenciones u ofensas que recibía el enviado se consideraban hechas al enviante. (Así, por ejemplo, en el Antiguo Testamento, David declaró la guerra a los ammonitas y les combatió duramente por haber ultrajado a sus emisarios -2 Sam. 10-).

Con ello Pablo empalma con la enseñanza del mismo Jesús, que había llamado «apóstoles» a los doce (Lc. 6,13) y les había enviado con su propia autoridad, la misma que él había recibido de su Padre: «Como el Padre me envió, así os envío a vosotros» (Jn. 20,21). Jesús los enviaba en su nombre, y por eso podía decir: «Quien a vosotros recibe, a mí me recibe» (Mt. 10,40), «quien a vosotros os escucha, a mí me escucha, y quien a vosotros rechaza, a mí me rechaza» (Lc. 10,16). Y como enviados personales suyos, Jesús les hacía partícipes de sus mismos poderes: «en mi nombre expulsarán demonios, hablarán lenguas nuevas... » (Mc. 16,17 s.).

Sin duda, aquí radicaba la fuerza invencible de Pablo. No se trataba en él simplemente de energía de carácter o de entusiasmo por un ideal, sino de la conciencia de estar siendo impulsado por Cristo mismo, de que en su debilidad residía «la fuerza de Cristo» (2 Cor. 12, 9).

Quizá desde aquí se entiende mejor el texto de Gal. 2,20: «Vivo, no yo, sino que Cristo vive en mí». Apresado por Cristo Jesús (Fil. 3,12) desde el momento mismo de su conversión, hasta tal punto el Señor se ha adueñado de su persona que se ha convertido en el sujeto y protagonista principal de su vida. Pablo no ha dejado de vivir su existencia humana, pero percibe que su yo no es ya el sujeto último de su vida, sino que «otro» se ha apoderado de él desde dentro, hasta el punto de ser el que gestiona su vivir y su actuar. El apóstol ha quedado identificado con el que le envía, ha quedado unido íntima y profundamente con él. No se siente enviado por alguien que está fuera de él y le confía un encargo, sino por alguien que viviendo en él le impulsa desde dentro. El apóstol es como una nueva encarnación del Verbo. Cristo prolonga su vida y su actividad en su apóstol. Al decir «Cristo vive en mí» el apóstol podría haber especificado: actúa en mí, habla en mí, ora en mí, sufre en mí, ama en mí...

Esa vida de entrega tan admirable, tan desbordante, tan sobrehumana, encuentra aquí su explicación: Pablo tiene clara conciencia de que el Cristo Resucitado que encontró en el camino de Damasco actúa en él y por medio de él. Poseído por la fuerza infinita del Resucitado se siente impulsado a hablar y a actuar con una fortaleza que no es la suya. Todo su empuje apostólico, su audacia, su aguante ante las dificultades, su constante iniciativa para abrir nuevos campos al evangelio... se explican desde aquí. Sin esto, todas sus energías naturales se hubieran agotado, antes o después, ante las numerosas y graves dificultades que tuvo que afrontar.

Dirá, por ejemplo, a los tesalonicenses: «Después de haber padecido sufrimientos e injurias en Filipos, como sabéis, tuvimos valor, apoyados en nuestro Dios, para anunciaros el evangelio en medio de fuerte oposición» (1 Tes. 2,2). En efecto, después de haber sido encarcelados y haber recibido muchos azotes en Filipos, Pablo y Silas -según relata He. 16,16-40- no solo no se desanimaron ni se echaron atrás, sino que continuaron con energía indomable su actividad evangelizadora predicando en Tesalónica, donde a su vez encontraron persecución (He. 17,1-9)... Después Berea, Atenas, Corinto... encontrando siempre dificultades, oposición, indiferencia, rechazo... Lo cual habría desalentado y hecho desistir a cualquiera, no así a los apóstoles sostenidos por la fuerza de Cristo.

Pablo sabe bien a quién pertenece. Está seguro de ser «apóstol, no de parte de los hombres ni por mediación de hombre alguno, sino por Jesucristo y Dios Padre, que le resucitó de entre los muertos» (Gal. 1,1). Es apóstol de Jesucristo. Sólo a Él pertenece. Él le ha enviado y a Él solo ha de agradar (Gal. 1,10). Y cuando al final de su vida se encuentre en la cárcel de Roma, solo y abandonado de todos, a punto de ser martirizado, podrá exclamar con una fuerza impresionante: «Sé de quién me he fiado» (2 Tim. 1, 12).

De su condición de «embajador» y «apóstol» de Jesucristo nace también la conciencia de su autoridad, que ejercita precisamente «en nombre del Señor Jesús». Cuando tiene que exhortar, mandar o prohibir lo hace consciente de estar investido de la autoridad misma de Cristo (2 Tes. 3,6-15). E incluso cuando tiene que tomar alguna decisión dura y drástica, no duda lo más mínimo (1 Cor. 5,4-5), consciente de su responsabilidad de ministro del Señor. Teniendo muy claro, por otra parte, que esa autoridad se la dio el Señor «para construir, no para destruir» (2 Cor. 13,10). Por eso, hasta las más fuertes censuras tienen como objetivo el bien de los mismos fieles(1 Cor. 4,4), «pues nada podemos contra la verdad, sino sólo a favor de la verdad» ( 2 Cor. 13,8) y «lo que pedimos es vuestro perfeccionamiento» (2 Cor. 13,9). Incluso preferirá, cuando sea posible, en vez de imponer su autoridad, mostrarse amable «como una madre cuida con cariño de sus hijos» (1 Tes. 2,7).

Este es..

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